Memorias de la Sierra

 ¿Me pregunto si sentirás miedo en este momento? ¿Sabrás que se aproxima tu inminente muerte? El tiempo se agota y no sabemos cuándo vendrá el segador de almas por ti. ¿Recordarás mi nombre?

Han pasado muchos años ya desde que trabajaste en la fábrica, inhalando humos tóxicos, laborando bajo condiciones nada favorables, juntando tu sueldo para poder gastarlo en alcohol. ¿Alguna vez pensaste en ahorrar ese dinero? ¿Pensabas en tu familia? Quiero creer que si. 

Recuerdo my bien ese gusto por el aguardiente que jamás te dejó: cada vez que llegábamos al pueblo querías ir a una tienda local, a unas cuantas calles en dirección al río, hacia abajo... Recorríamos trayectos sin pavimento, con algunas piedras de río que en su momento fungieron como un elegante camino, después convertidos en grietas y cuencas por la lluvia que descendía en julio. Yo era apenas un niño, tendría unos 7 u 8 años, recuerdo perfectamente bien como llegabas con prisa a esa casa: un local de abarrotes anexado a una pequeña choza de adobe y techo de teja; esas construcciones daban una sensación de frescura ante el inclemente sol que a veces nos quemaba.

Saludabas como un gesto de cortesía pero sin algún indicio de alegría en tu voz - "buenas tardes, ¿se encuentra tal?" - Una anciana se aproximaba a la pequeña mesa que hacía las de mostrador para productos varios, tras una muy breve charla atravesaba una cortina de tela casi invisible  que separaba al local de la casa habitada. La figura senil, encorvada, con un delantal descolorido, regresaba con una botella de agua llena a tope: sin sello, sin etiqueta, sin marca alguna, solo agua, o eso es lo que yo pensaba. Se escuchaban carcajadas, tu cara había cambiado, ahora daba algunas notas de felicidad, sonrisas espontáneas, era hora del “gusto”.

Regresábamos a aquella pequeña choza, ¿la recuerdas? Esa casita que tanto te jactabas de haber construido con tus propias manos: retazos de yeso, trabes de madera, palma y tejamanil, oscura y fresca, "la casita" de San Marcos Arteaga. En más de una ocasión te vi subir las escaleras improvisadas para poder remendar el techo, mi padre dudaba de tus habilidades pero, pese a que una vez casi te caes, regularmente tapabas aquellos agujeros que amenazaban con perpetrar nuestro refugio eventual. Después de un gran esfuerzo y una ligera caminata, te sentabas, ponías música en tu radio, abrías la botella de aguardiente sin duda alguna, le dabas uno, dos, tres, cuatro sorbos, tu piel morena cambiaba de color, se enrojecía, parecía estar ardiendo, reías mucho más.

Recuerdo bien ese paliacate, lo traías a todos lados, igual secaba tu sudor que limpiaba los mocos que no dejaban de fluir por tu nariz, no hay forma de negar ese rasgo: una nariz ancha, grande, redonda… ¿Sabías que tu familia desciende de los Tu´un Savi? Los de la mixteca baja que tuvieron que luchar contra la escasez de alimento y agua. No sé si alguna vez lo supiste, si estabas orgulloso de tus raíces, o simplemente las habías olvidado. 

¿Cómo está tu mamá? Procuramos darte espacio para que puedas descansar junto a ella, sabemos que la amabas mucho, aunque tal vez nunca tuviste las palabras adecuadas para expresarlo, aunque preferías acompañar tu llanto con canciones de Antonio Aguilar y cantidades obscenas de aguardiente, antes que charlar con tus familiares, sabemos que, como casi todos, fuiste un ser humano con tantos pecados como bondades, prefiero contar las segundas ahora que no estás aquí. Tal como te lo dije en aquella triste tarde: "has aportado mucho por la familia a tu modo, has hecho lo que has querido, por favor ve en paz, tu familia te ama". 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Frutástica

Pausa