Frutástica
Hay muy pocas cosas sobre mi niñez de las cuales pueda hablar con alegría o nostalgia: mi Sega Genesis, las desveladas escuchando "Pioneros del rock" en Universal, los viajes a Oaxaca y las frutásticas. La frutástica era una "deliciosa bebida hecha con jugo de frutas con un toque de gas" y, según los comerciales de la televisión, era la bebida más rara del planeta. No podía existir mejor bebida para mi: la música que yo escuchaba era anticuada y en inglés, me encantaba leer revistas e ir a museos, varias horas de mi día se destinaban a ver televisión, me distraía dibujando personajes de comics y tenía una habilidad básicamente nula para el deporte (el ping pong no contaba), así que no tenía mucho en común con mis compañeros de primaria, de hecho, me consideraban "raro".
Con el tiempo, el mote de raro me agrado; después de todo, a nadie lo llamaban así (método no aprobado de auto-consuelo). No obstante mi inexistente vida social, si tenía algunos aspectos similares a los niños de mi edad: me encantaba ver caricaturas, los videojuegos, los dulces, los reyes magos y mi refresco favorito eran las frutásticas: su lata tenía una forma irregular, los sabores eran muy bizzarros (como el famoso mango-kiwi) y, pese a que yo era una joven víctima con sobrepeso de una campaña propagandística muy bien hecha, no me interesaba para nada y solía zamparme de 2 a 4 a la semana. Mi momento del día más agradable, era al salir de la aburrida primaria e ir a ver el canal once a mi casa, por supuesto, acompañado de una frutástica; lo sé, no era una actividad sana, pero me hacía feliz. Tales tardes malgastadas y llenas de azúcar, llegaron a su fin con una recomendación del doctor para que yo bajara de peso y la retirada del mercado mexicano de las frutásticas; así como habían llegado, partieron sin más. Por años busqué de nuevo aquella gaseosa bebida, pero, no volví a probar una... ¡Hasta hace 2 semanas!
No pueden imaginar el gozo que sentí cuando vi, justo en el refrigerador de una abarrotería, la etiqueta de una lata de frutástica: de inmediato corrí hacia el refrigerador y revisé que mis ojos no me engañaran: ¡Sí! ¡Era una frutástica de cerezas! La más dulce de todas según yo recuerdo; tomé un billete de 20 pesos, se lo aventé al encargado (literalmente), abri la lata y, tras notar que casi olvidaba mi cambio, le di un sorbo lento a mi bebida de la niñez...
Ahora me doy cuenta de que el mentado refresco no tenía nada de raro: la verdad, la frutástica era demasiado dulce y, por alguna extraña razón, sabía mucho mejor cuando yo tenía 10 años. Tal vez nunca fue tan buena bebida, es más, pensándolo de forma detenida, pudo haberme provocado algún tipo diabetes. Creo que lo que yo realmente deseaba era recordar, por algunos instantes, aquellos pequeños momentos que le dieron luz a mi olvidada etapa juvenil de la vida. Ayer compré una caja completa de frutásticas, eso no me ha hecho sentir más niño, es más, no sé por que las bebo aún sabiendo que no me hacen bien, pero no importa, ese sabor tan azucarado ha hecho que se desempolve una pequeña parte de mi que nunca quise compartir con nadie hasta ahora,pero eso si, las frutásticas son sólo mias y no pienso convidarlas.
¿dónde compraste la caja de frutásticas? yo quiero probarlas de nuevo
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