Implacable devorador de vidas

Detesto al tirano de la vida cotidiana, aquel que con aires de vigilante panóptico trata de estrangularnos con sus dos brazos, segundo tras segundo.

Te has mercantilizado al igual que todo lo demás, has dejado atrás tu naturaleza para transformarte en un vil sirviente de las apremiantes ganancias de los menos.

Tu constante tortura no me atemoriza, debes saberlo; reniego tu maldito dogma de aceleración inevitable, tu obsesión por la velocidad me enferma y pone en evidencia que, tu misión primordial, es esclavizar al espíritu humano mediante tiras interminables de ensamblaje: efímeras ilusiones de alegría y bienestar pasajero, ¡no eres un guía hacia el progreso del hombre!

No permitiré que montes en cadena los retazos de mi vida. ¡No más!

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