La Cueva
Hoy pude sentirlo de nuevo, esa picazón en mi nuca, una leve descarga eléctrica que se distribuye por toda mi cabeza y no me deja en paz. Mis latidos del corazón aumentan su ritmo, mi espalda se siente tensa, mi piel a veces se eriza, tengo la inmediata sensación de frío, mi mente hace lo posible por aferrarse a lo que estoy haciendo: mientras escribo respuestas a correos de gente sin pizca de sentido común, mi vista se aparta de la pantalla, mi respiración se nota agitada, he dejado de teclear...
Es como si mi cerebro fuese abducido por un rayo de atracción alienígena, comienzo a separarme no solo de mi realidad, sino de las cosas que le dan coherencia (¿?) a mi día a día.
Si pudiese describirlo con alguna imagen, sería como entrar a una caverna oscura llena de neblina, con cientos de agujeros que pueden mostrar el exterior, pero que no tienen modo alguno exponer lo que hay en aquella cueva; cada uno de esos agujeros por los que se cuela muy poca luz son mis labores cotidianas, algunas de ellas bastante visibles, otras son sombras, unas más se esconden, se minimizan. Los huecos se van desvaneciendo en la medida que mi yo incorpóreo avanza a través de pasillos circulares, oscuros, profundos, la neblina jamás se aparta de mi vista, es como andar sin mis lentes, pero me permite ver solo lo suficiente, sé hacia donde va todo esto...
Al final del túnel no hay luz, hay un pasillo mucho más pequeño y oscuro, al entrar, las imágenes aparecen como surgiendo de una mancha gigante de chapopote: son sólidas, son claras, no hay algo que brille en ellas pero puedes apreciar lo que hay; estoy frente a ti, tratando de cubrirnos con una chamarra mojada, afuera de mi, afuera de nuestro improvisado refugio llueve a cántaros: gotas gigantescas que no dejan de azotarse sobre la delgada capa de tela que apenas nos cubre; te miro, me miras, siento tu calor, puedo ver algunos pies correr en distintas direcciones debajo de nuestro pequeño paraguas con mangas. Puedo percibir tu aliento, puedo observar tus cabellos rizándose con la humedad, puedo ver tu cara blanca con destellos blanquecinos: aquellos pequeños pelos transparentes que cubren toda tu piel pero que solo pueden ser perceptibles al tacto de los labios o a contra luz.
Puedo sentir la fría piedra debajo de nosotros, veo tus tenis deportivos ahora convertidos en pequeños sacos costosos llenos de agua - Es ropa Dry Fit- Me dices - se secarán muy pronto... - Mi escepticismo, mi incredulidad, mi inocencia, siempre me han jugado muy malas pasadas, aún siendo un recuerdo, el peso de toda mi ropa de algodón me oprime los hombros: mis brazos sienten algunos calambres por la posición en que se encuentran, me rozan los muslos, una enorme gota se ha colado entre el cuello de mi playera y mi espalda, ahora me recorre la columna, nada de eso importa: me río, estoy feliz de poder ocultarme de la tormenta contigo, de haber escalado aquella montaña a tu lado, miro tus ojos, percibo paz, nos besamos, nos besamos en más de una ocasión, tus labios tan tiernos, tu boca tan dulce, quisiera que no se borrara.
Ahora todo es un momento brumoso: la imagen sólida parece correr a gran velocidad, me provoca vértigo, mi chamarra deja de cubrirnos, desaparece, tu sigues de pie frente a mi pero tu mirada es fría, estás inmóvil, la lluvia a dejado de caer, ya no estamos sobre una piedra, ahora todo se ve diferente, tus hermosas mejillas pierden color, no puedo sentirte, no puedo abrazarte, debajo tuyo fluye nuevamente aquel petróleo, ese horrendo líquido negro comienza a inundarlo todo, comienza a cubrirlo, a engullir mi memoria, no hay forma de escapar, sé que desaparecerás.
Sin dar ningún paso, me deslizo hacia atrás: las paredes rocosas de la caverna comienzan a aparecer al rededor de mi, la neblina se acerca desde mi espalda, me rodea, me rebasa; reaparecen aquellos agujeros, los que fueron siempre borrosos ahora comienzan a incrementar su tamaño, inician a acaparar mi mirada, la luz que filtran es artificial, es un espacio cerrado, incómodo, es una oficina, todo sucede tan rápido, no quiero regresar...
Es muy tarde, ha sucedido nuevamente y es muy probable que sucede en más de una ocasión durante el día, no puedo evitarlo, solo puedo esperarlo. Mis actividades entran en una pausa inevitable, el tiempo siempre se vuelve más lento, desaceleración necesaria para que todo mi cerebro se enfoque en los recovecos más profundos de mi cabeza, para traerte de vuelta una vez más a través de mis memorias ahora ficciones. Me duele el pecho. Sucede tantas veces que ahora solo trato de ser un espectador pasivo, procuro quedarme inmóvil, no interactuar más con esos sueños que vivo aún despierto, he de tratar de ignorar los detalles, no caminar más dentro de mis propias tinieblas, detenerme antes de sumergirme dentro de la caverna, debo dejar de pensar en ti por un maldito momento.
Es como si mi cerebro fuese abducido por un rayo de atracción alienígena, comienzo a separarme no solo de mi realidad, sino de las cosas que le dan coherencia (¿?) a mi día a día.
Si pudiese describirlo con alguna imagen, sería como entrar a una caverna oscura llena de neblina, con cientos de agujeros que pueden mostrar el exterior, pero que no tienen modo alguno exponer lo que hay en aquella cueva; cada uno de esos agujeros por los que se cuela muy poca luz son mis labores cotidianas, algunas de ellas bastante visibles, otras son sombras, unas más se esconden, se minimizan. Los huecos se van desvaneciendo en la medida que mi yo incorpóreo avanza a través de pasillos circulares, oscuros, profundos, la neblina jamás se aparta de mi vista, es como andar sin mis lentes, pero me permite ver solo lo suficiente, sé hacia donde va todo esto...
Al final del túnel no hay luz, hay un pasillo mucho más pequeño y oscuro, al entrar, las imágenes aparecen como surgiendo de una mancha gigante de chapopote: son sólidas, son claras, no hay algo que brille en ellas pero puedes apreciar lo que hay; estoy frente a ti, tratando de cubrirnos con una chamarra mojada, afuera de mi, afuera de nuestro improvisado refugio llueve a cántaros: gotas gigantescas que no dejan de azotarse sobre la delgada capa de tela que apenas nos cubre; te miro, me miras, siento tu calor, puedo ver algunos pies correr en distintas direcciones debajo de nuestro pequeño paraguas con mangas. Puedo percibir tu aliento, puedo observar tus cabellos rizándose con la humedad, puedo ver tu cara blanca con destellos blanquecinos: aquellos pequeños pelos transparentes que cubren toda tu piel pero que solo pueden ser perceptibles al tacto de los labios o a contra luz.
Puedo sentir la fría piedra debajo de nosotros, veo tus tenis deportivos ahora convertidos en pequeños sacos costosos llenos de agua - Es ropa Dry Fit- Me dices - se secarán muy pronto... - Mi escepticismo, mi incredulidad, mi inocencia, siempre me han jugado muy malas pasadas, aún siendo un recuerdo, el peso de toda mi ropa de algodón me oprime los hombros: mis brazos sienten algunos calambres por la posición en que se encuentran, me rozan los muslos, una enorme gota se ha colado entre el cuello de mi playera y mi espalda, ahora me recorre la columna, nada de eso importa: me río, estoy feliz de poder ocultarme de la tormenta contigo, de haber escalado aquella montaña a tu lado, miro tus ojos, percibo paz, nos besamos, nos besamos en más de una ocasión, tus labios tan tiernos, tu boca tan dulce, quisiera que no se borrara.
Ahora todo es un momento brumoso: la imagen sólida parece correr a gran velocidad, me provoca vértigo, mi chamarra deja de cubrirnos, desaparece, tu sigues de pie frente a mi pero tu mirada es fría, estás inmóvil, la lluvia a dejado de caer, ya no estamos sobre una piedra, ahora todo se ve diferente, tus hermosas mejillas pierden color, no puedo sentirte, no puedo abrazarte, debajo tuyo fluye nuevamente aquel petróleo, ese horrendo líquido negro comienza a inundarlo todo, comienza a cubrirlo, a engullir mi memoria, no hay forma de escapar, sé que desaparecerás.
Sin dar ningún paso, me deslizo hacia atrás: las paredes rocosas de la caverna comienzan a aparecer al rededor de mi, la neblina se acerca desde mi espalda, me rodea, me rebasa; reaparecen aquellos agujeros, los que fueron siempre borrosos ahora comienzan a incrementar su tamaño, inician a acaparar mi mirada, la luz que filtran es artificial, es un espacio cerrado, incómodo, es una oficina, todo sucede tan rápido, no quiero regresar...
Es muy tarde, ha sucedido nuevamente y es muy probable que sucede en más de una ocasión durante el día, no puedo evitarlo, solo puedo esperarlo. Mis actividades entran en una pausa inevitable, el tiempo siempre se vuelve más lento, desaceleración necesaria para que todo mi cerebro se enfoque en los recovecos más profundos de mi cabeza, para traerte de vuelta una vez más a través de mis memorias ahora ficciones. Me duele el pecho. Sucede tantas veces que ahora solo trato de ser un espectador pasivo, procuro quedarme inmóvil, no interactuar más con esos sueños que vivo aún despierto, he de tratar de ignorar los detalles, no caminar más dentro de mis propias tinieblas, detenerme antes de sumergirme dentro de la caverna, debo dejar de pensar en ti por un maldito momento.
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