Las crónicas de Ecatepec 2: El metro

Tómo mi celular y reviso la hora: son las 11:35 de la noche. Ha sido un día muy largo; me siento cansado, fastidiado, hambriento... Me encuentro sentado en uno de los asientos reservados del metro. Observo las palmas de mis manos y después volteo hacia el suelo, levanto mi cabeza y miro hacia los lados, estoy solo. 
De repente, de la nada, aparecen siluetas alrededor mio, sin forma, sin color, sin rostro...
     Las siluetas comienzan a adquirir brillo, las sombras se desvanecen. No estoy solo...
    A mi derecha hay una figura que distingo de inmediato, es un payaso. Posee todas las características de un payaso: Zapatos enormes, maquillaje en exceso, una peluca verde con rizos y un traje holgado sumamente colorido. El payaso se recarga en las puertas del vagón y levanta la cabeza, aguanta la respiración, cierra los ojos y enseguida suspira, sin embargo, no sonríe sino todo lo contrario, parece estar agotado, incluso parece triste.¿Quién podría sonreír después de haber trabajado todo el día? Imagino que debe ser muy difícil hacer reír a la gente a cambio de dinero. La risa debería ser espontánea, gratuita,  pero, las personas también deben comer, necesitan comida para vivir, aunque también necesitan reír... La figura postrada a mi lado derecho desaparece.
     A mi izquierda puedo divisar a una pareja discutiendo, puedo ver que hacen gestos, que se comunican, pero sus miradas nunca se cruzan pese a estar sentados uno junto al otro. La joven parece muy irritada: señala a cualquier lugar dentro del vagón, levanta ambas manos y después voltea hacia la ventana  con un gesto de enojo, recarga el mentón sobre su mano, parece estar llorando... El joven, por su parte, observa el fondo del vagón; como si forzara su vista para poder ver más allá de las paredes que nos separan del siguiente carro , lleva su mano izquierda a su cara y  comienza a gritar... Ambos actúan como si nadie más estuviera en ese vagón, tal vez así es. Ambas figuras se diluyen.
      Justo frente a mi, hay un niño de pie: tiene la cara apuntando al suelo, se sostiene de uno de los tubos como si  fuese lo único que le impide caer, se tambalea, de pronto levanta la frente y sus ojos se posan sobre mi... Ahora puedo verlo de forma más clara: su cabello luce enmarañado y sucio, su cara demuestra inocencia pero se oculta tras mugre, sangre y cicatrices. El niño porta una playera café llena de agujeros, su hombro izquierdo esta totalmente descubierto, sus pantalones de mezclilla (que antes era azul) están rotos de las rodillas, no lleva zapatos puestos; sus pies parecen haber caminado descalzos por mucho tiempo, los callos y costras son evidencia de ello.
     ¿Cuál será el pasado de este niño? ¿Cuál será su futuro? Tal vez sufrió maltrato en su casa, o por parte de algún familiar suyo, y decidió huir al abrigo de la ciudad. Es posible que día a día padezca hambre y frio,tal vez nació en la misma calle, pero, a nadie parece importarle, es como si aquel niño fuese invisible. ¿Podría ser algún día un abogado o un ingeniero? ¿Podrá tener una familia y una casa propia? Tal vez su suerte esta echada, es un albur, es cosa del destino. En un instante, el niño cierra su puño y se lo lleva a la boca, sus labios aspiran una, dos y tres veces seguidas, su mirada se pierde en el vacío... El niño también desaparece. De nuevo me encuentro solo.
     Se escucha un timbre, creo que he llegado: Me levanto del asiento, me dirijo a toda prisa hacia las puertas del vagón y desaparezco entre una multitud de siluetas sin forma, sin color y sin rostro... 

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