Las crónicas de Ecatepec 4: La secundaria, segunda parte.

¿Cómo puedes sobrevivir en un ambiente hostil y lleno de patanes? Para alguien que no podía hacer amigos, era una tarea muy difícil. La secundaria 130 no sólo era un lugar hostil y lleno de patanes, era un infierno: La comida era cara y, por lo regular, muy mala; las tortas costaban 9 pesos (una gran cifra en el año 2000) y sólo había de jamón rancio o de milaneza sabor cartón. La disciplina no era el punto fuerte de esta escuela; los "jóvenes" estudiantes se saltaban la barda muy regularmente (y sin restricción alguna), en horario de clase podías ver algunos alumnos corriendo por el único patio de la escuela (sólo había 12 salones de clase), la seguridad del lugar estaba a cargo de  2 perros rottweiler (que antes de cuidar las instalaciones preferían morder a los alumnos), situaciones de ese tipo eran comunes en la secundaria "Serapio". 
     La punta en el pastel eran los psicópatas que se hacían pasar por alumnos: "Niños" de entre 14 y 16 años que habían sido expulsados de otras secundarias y que, por preocupación de sus familias, debían terminar sus estudios para "no arruinar su  prometedor futuro", en tal situación, la respuesta era inscribirlos en la secundaria 130: "La última esperanza". Aún puedo recordar a los más célebres especímenes de "alumnus vulgaris" que acudían a mi secundaria: "El Miki" (un patán obsesionado por las películas de los hermanos Almada), "Vallejo" (un mastodonte ex jugador de fútbol americano), "El mosco" (único matón con sentimientos) y el peor de todos: Martín, un "niñito" con sobrepeso de 16 años, de 1.80 metros de estatura, que aún cursaba la secundaria por tener mala conducta.
     En contra parte estábamos los estudiantes "Ligth": Sin capacidades físicas equiparables a las de los matones pero, con la seguridad se ser mal vivientes en potencia. En la secundaria 130 podías ser uno de dos, o mal viviente o matón, no existían otras categorías, lo mismo para hombres y mujeres. El conocimiento era castigado por los alumnos menos "estudiosos" (los más) y la ignorancia era gratificada con la más alta popularidad en la escuela. Yo no encajaba en ninguna de las dos categorías, y, si me quedaba sólo en un pupitre sin hacer daño a nadie, sería blanco de ambos grupos de estudiantes en un fuego cruzado de bromas pesadas, sobrenombres, golpes y la exclusión perpetua de la vida social de la secundaria... Fue en ese momento que tuve que tomar una difícil decisión: Tenía que volverme "malo"...

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