Crash
Ella manejaba un volkswagen gris:sonrisa inocente, gestos inconscientes,mirada reluciente,dedos seguros al volante y mi corazón en sus manos. ¿Qué aguardaría al final de mis pasos? ¿Por qué tantas dudas asecharían tu mente? No importa la respuesta, eres tu quien tiene el mando y, justo en este momento, tu eres quien nos guía.
No hay tiempo para dudar: puedes doblar a la esquina y perderte en un rumbo totalmente nuevo, quien sabe, tal vez a un camino mejor pero, mientras mantienes tu vista al frente, puedes perder detalles del plano periférico: si, tal vez me encuentro sentado en el espacio del copiloto, tal vez deseo mostrarte la forma adecuada de conducirnos hacia un destino común, o tal vez no: quizá, en el momento en que menos lo esperes, saltaré de mi asiento por la ventana y daré vueltas en espera de un "aventón".
Ella lo hacía todo bien: seguía las reglas, no excedía los límites de velocidad, siempre utilizaba las direccionales para dar aviso a quienes le antecedían. Quizá querría retornar por la misma autopista que le permitió encontrar este camino incierto, algo hostil, de terrecería. En alguna ocasión, ella fue la copiloto, ella siguió los pasos de otros, pudo mirarlos al volante y eso le daba seguridad, ahora, yo soy su acompañante; no puedo más que mirar el camino que hemos recorrido y, sin duda, es una vía carretera que no tiene vuelta atrás.
Ahora me aferro a las vestiduras del asiento: quiero que pises el acelerador y te dirijas hacía ese muro, si, aquel muro frente a la calle; no hay limites ahora, no hay señalamientos, es sólo mi corazón que palpita a mil por hora y desea frenar.
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