Finde
En el momento preciso en que iniciaba una canción, podías distinguir su melena a metros de distancia. Regularmente eran éxitos de los 80, baladas en español y pop del más digerible, en algunas ocasiones escuchabas a bandas como Soda Estéreo o Café tacvba, no importaba, ese sujeto bailaría sin parar hasta que las bocinas guardaran silencio.
Era un vendedor ambulante, regularmente usaba ropa cómoda: jeans holgados, playeras que ocultaban su verdadera complexión por varias tallas, su melena larga y lacia le cubría la mitad de la cara, un tipo de tez clara con una tremenda manía por sacudir la cabeza y bailar, tal vez su verdadero interés jamás fue vender discos.
Todos los domingos sin falta, colocaba unas rejas de refresco vacías, su equipo casero de sonido, un walkman cd player y una pequeña caja de zapatos con las ofertas del día, ninguna realmente interesante... Sin embargo, podías verlo hacer pogo, saltar, realizar el más desnucador headbanging posible sin moverse de su lugar.
Alguna vez traté de charlar con él, quería saber su motivación o cuales de las rolas que vendía disfrutaba más, jamás pude tener una respuesta coherente, me ignoraba o se limitaba a responder "si". Así era todos los domingos.
Añoro uno de esos eskimos de cajeta: a veces tomar tu mano (acción casi imposible entre el mar de personas que nos rodeaban), y deambular entre puestos de comida chatarra, aromas contrastantes, películas piratas y esos puestos coloridos con frutas y verduras de temporada. Hoy más que nunca, extrañé esos domingos en los suburbios.
Creo que en relalidad había nada de especial en esos fines de semana: caminar una considerable distancia (era yo un holgazán), pasar entre el tumulto de personas, comprar unas chips con el señor del carrito que, en una jugarreta increíble, evitaba el cobro por el espacio utilizado en el tianguis usando un puesto rodante: mitad triciclo, mitad vitrina, la gente se formaba en algunas ocasiones para pedir las insanas frituras, que delicia carajo, como extraño todo eso.
Fue un terrible golpe de nostalgia. Seguido del paseo dominical, podíamos ver una película en tu cuarto, no necesariamente algo novedoso o muy especial, a veces cualquier película; otras ocasiones podíamos quedarnos dormidos hasta la hora de la cena o hasta que tu gato, o algunos pasos, nos ponían en estado de alerta, había que guardar las apariencias, jajaja, que tontos éramos. Aún puedo percibir el aroma de tu espacio en la casa: ropa limpia, un poco de suavizante, tratamiento para la piel, cremas, un toque de plástico y a veces el fétido hedor del río que, hacía varios años, había muerto para dar paso a un canal de desagüe, justo detrás de tu calle. Tus cobijas, las sábanas delgadas, tu colchón hundido justo en el espacio que yo solía ocupar, aún puedo percibirlos. ¿Aún tienes alguno de esos pósters en tu armario roto?
Era un vendedor ambulante, regularmente usaba ropa cómoda: jeans holgados, playeras que ocultaban su verdadera complexión por varias tallas, su melena larga y lacia le cubría la mitad de la cara, un tipo de tez clara con una tremenda manía por sacudir la cabeza y bailar, tal vez su verdadero interés jamás fue vender discos.
Todos los domingos sin falta, colocaba unas rejas de refresco vacías, su equipo casero de sonido, un walkman cd player y una pequeña caja de zapatos con las ofertas del día, ninguna realmente interesante... Sin embargo, podías verlo hacer pogo, saltar, realizar el más desnucador headbanging posible sin moverse de su lugar.
Alguna vez traté de charlar con él, quería saber su motivación o cuales de las rolas que vendía disfrutaba más, jamás pude tener una respuesta coherente, me ignoraba o se limitaba a responder "si". Así era todos los domingos.
Añoro uno de esos eskimos de cajeta: a veces tomar tu mano (acción casi imposible entre el mar de personas que nos rodeaban), y deambular entre puestos de comida chatarra, aromas contrastantes, películas piratas y esos puestos coloridos con frutas y verduras de temporada. Hoy más que nunca, extrañé esos domingos en los suburbios.
Creo que en relalidad había nada de especial en esos fines de semana: caminar una considerable distancia (era yo un holgazán), pasar entre el tumulto de personas, comprar unas chips con el señor del carrito que, en una jugarreta increíble, evitaba el cobro por el espacio utilizado en el tianguis usando un puesto rodante: mitad triciclo, mitad vitrina, la gente se formaba en algunas ocasiones para pedir las insanas frituras, que delicia carajo, como extraño todo eso.
Fue un terrible golpe de nostalgia. Seguido del paseo dominical, podíamos ver una película en tu cuarto, no necesariamente algo novedoso o muy especial, a veces cualquier película; otras ocasiones podíamos quedarnos dormidos hasta la hora de la cena o hasta que tu gato, o algunos pasos, nos ponían en estado de alerta, había que guardar las apariencias, jajaja, que tontos éramos. Aún puedo percibir el aroma de tu espacio en la casa: ropa limpia, un poco de suavizante, tratamiento para la piel, cremas, un toque de plástico y a veces el fétido hedor del río que, hacía varios años, había muerto para dar paso a un canal de desagüe, justo detrás de tu calle. Tus cobijas, las sábanas delgadas, tu colchón hundido justo en el espacio que yo solía ocupar, aún puedo percibirlos. ¿Aún tienes alguno de esos pósters en tu armario roto?
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